Viejos molinos de la Sierra de Gata

Molino restaurado en el río San Juan, junto a Torre de D. Miguel

Maquinaria de un molino en ruinas en el río San Juan, Torre de D. Miguel

Viejos molinos, la mayoría en ruinas, jalonan los valles de la Sierra de Gata. Junto al curso de los ríos, su decadencia recuerda tiempos mejores para las actividades tradicionales, en los que los molinos tenían un papel principal en sociedades agrícolas.
Eran molinos de agua, que aprovechaban su abundancia en la Sierra para procesar los productos locales, especialmente la aceituna. Aunque los había harineros, la mayoría se dedicaban a la producción de aceite, actividad esencial de unas montañas sierragatinas en las que el olivo tenía, en algunas zonas, categoría de monocultivo.
Algunos se han restaurado (véase primera foto) e incluso se han convertido en museos (Molino del Medio o museo del aceite de Robledillo), pero la mayoría permanece en ruinas, con frecuencia comidos por las zarzas y el matorral y casi inaccesibles, como los molinos de Villasbuenas. 

Canal de abastecimiento de agua en uno de los numerosos molinos de la
localidad de Gata, junto a la rivera del mismo nombre

Vista general de un molino aceitero gateño con sus apartaderos o troncos
y su maquinaria todavía conservada al fondo

Sus vestigios tienen algo especial cuando se visitan. Lo que hoy son escombros, un día acogió un trasiego continuo de gentes que se afanaban en convertir, como en un milagro, el fruto de la naturaleza en sustento para los hombres. Los molinos de la Sierra de Gata son un valioso patrimonio de arqueología industrial que es necesario conservar.

Apartaderos o "troncos" de un molino de aceite gateño
Noria de un viejo molino en el río San Juan, junto a Torre de D. Miguel

Viejo molino en ruinas en el Árrago, junto a Cadalso

Molino en ruinas en la rivera de Acebo, junto a Perales del Puerto

Molino a las afueras de Robledillo de Gata

Serra da Peneda (Portugal)

Serra da Peneda desde Serra Amarela
Serra da Peneda en la localidad de Rouças
Que Portugal es para mí un país especial no es ningún secreto. Me gusta casi todo de él. También sus montañas. No es un país de altas cordilleras, ninguna supera los dos mil metros de altura, pero su mitad norte está surcada por un sinfín de sierras. La Serra da Estrela es la más imponente y casi alcanza la cota de los dos mil, pero también hay otras con alturas respetables que producen la sensación en el que las admira de estar delante de auténticas montañas: la Sierras de Larouco, Caramulo, Marão y, sobre todo, las de Peneda-Gerês, en el extremo norte del país luso.
El conjunto de Peneda-Gerês forma el único parque nacional de Portugal y tiene un gran valor ecológico y paisajístico para un país que ha abusado en  exceso de las repoblaciones con especies de crecimiento rápido (pino y eucalipto) y que tiene en esta zona amplias zonas con vegetación y fauna autóctona que es obligado conservar.

Paisaje cercano a la aldea de Ermida
Paisaje cercano a la aldea de Parada
Paisaje cercano a la aldea de Parada
Cuando visité el parque lo hice en verano y no era mi único objetivo. Pretendía explorar el distrito de Viana do Castelo, el más septentrional de Portugal, con localidades tan mágicas como Caminha o Ponte de Lima y con pequeñas sierras como la de Arga, junto al mar. Por supuesto, uno de mis objetivo era una primera aproximación al parque. Recorrí su parte norte, las sierras Amarela, Peneda y Soajo, para otro momento quedará la zona sur, la Serra de Gerês.

Espigueiros (hórreos) de Soajo
Lo que vi me encantó. Encontré aldeas perdidas como Ermida a las que llegar en coche era toda una odisea, pueblos pintorescos que conservaban buenos ejemplos de arquitectura rural y los famosos espigueiros (hórreos) como Parada, Soajo o Lindoso, comí uno de los balacaos más ricos que recuerdo y admiré paisajes soberbios, como los que rodeaban el pueblo de Rouças o el santuario de Nuestra Señora de Peneda. Recorrí senderos empedrados y disfruté de bellos paisajes salpicados de robles, pinos,acebos y madroños. Una experiencia muy recomendable.

Camino empedrado de la ruta Peneda do encanto
El roble es muy abundante en la Serra Amarela
Serra da Peneda desde Serra Amarela
Bovino autóctono de la zona
Serra da Peneda

Huertas sierragatinas

Huertas en Gata, junto a la rivera del mismo nombre








Higuera y rosal con huerta en la localidad de Gata

Dice un compañero mío que el hortelano es un hombre sabio, que la huerta es un lugar casi milagroso donde el hombre logra maravillas y obtiene con tesón y esfuerzo todo lo que la tierra puede dar. Las huertas alegran y diversifican el paisaje en los alrededores de los pueblos sierragatinos, inundan de olores sus cercanías, y forman verdaderos laberintos recorridos por pequeños senderos o pasadizos por los que  también se mueve el agua a través de estrechos canales que dirigen el líquido elemento desde los ríos hacia las huertas.
En primavera y verano están en su esplendor. Nísperos, naranjos, limoneros, melocotoneros, ciruelos, higueras salpican las pequeñas parcelas, algunas casi minúsculas, mientras la tierra produce a pleno rendimiento. En primavera el olor a azahar se hace omnipresente en los lugares donde el naranjo abunda y  en verano las zonas de huerta conservan la humedad y el intenso verdor que en los lugares no regados se apaga lenta e inevitablemente.

Olivos en un huerta junto al río Erjas, en las cercanías  de Eljas

Huertas junto a Eljas
Hay pueblos de la Sierra en los que perderse entre sus huertas es un inmenso placer. Siento predilección por las de Robledillo, un laberinto de pequeñas parcelas desde las que hay preciosas vistas del pueblo, ambos separados por un todavía recién nacido Árrago. También me gustan las de Torre de D. Miguel y Gata, estas últimas regadas con el abundante agua de la Rivera de Gata. Pero hay unas huertas que atraen más que ningunas, son las de Acebo: una enorme extensión de parcelas se distribuyen a lo largo del arroyo Lágina, antes y después del pueblo, huertas en las que abundan los naranjos que colapsan el aire primaveral con el olor a azahar y que, a pesar del progresivo abandono de algunas de ellas, todavía muestran algo del esplendor de antaño.
Y es que en toda la Sierra el trabajo del campo retrocede. Son frecuentes los olivares y las huertas abandonadas a su suerte, invadidos por la maleza y olvidados por el hombre. Aún así, todavía hoy podemos disfrutar de bellas estampas del trabajo hortelano en la Sierra de Gata.

Zona de huertas en Torre de D.Miguel

Torre de D.Miguel vista desde las huertas

Huertos en Robledillo de Gata

Zona de huertas con Robledillo de Gata al fondo

Vista general de las huertas junto a la localidad de Robledillo

Rosales en una huerta de Acebo

Frutales en las huertas de Acebo

Un mar de naranjos y limoneros cubren las huertas de Acebo

Microhuertos junto al río Árrago, en la localidad de Descargamaría
Huertas en el Valle del arroyo de Valdelaseras, cerca de Perales del Puerto