Crecidas invernales de los ríos serragatinos

Río San Blas, tributario de la Rivera de Gata

Río San Blas, cerca de su desembocadura en la Rivera de Gata

A veces en la Sierra de Gata no para de llover. Es una zona de altas precipitaciones, generalmente por encima de los ochocientos litros anuales y, con frecuencia, cercanas a los mil. Salvo en verano, cuando solo algunas tormentas riegan las montañas, el resto del año son frecuentes las lluvias persistentes y no es raro que perduren durante semanas de forma ininterrumpida. 
Cuando esas lluvias se agarran a la Sierra en invierno el paisaje me resulta especialmente atractivo. Los bosques desnudos, el frío imperante y la humedad omnipresente crean paisajes muy evocadores. En esos días invernales los ríos experimentan grandes crecidas y se convierten en poderosos señores que recorren las montañas haciendo un ruido atronador. En un fin de semana de enero, aprovechando uno de esos periodos de lluvias continuadas, hice estas fotos. 
Los ríos serragatinos no son grandes, al menos cuando trascurren por la Sierra, hay que esperar a que lleguen al llano y tengan tiempo de recoger más agua de sus tributarios para que alcancen grandes dimensiones. Aún así, cuando hay estas crecidas, se vuelven arrogantes y fuertes y parecen algo más que pequeños ríos de montaña.


Rivera de Gata junto a la piscina del Negrón

Rivera de Acebo cerca de la piscina de Perales

Río Árrago junto a Cadalso

Río Árrago junto a Cadalso

Río de la Vega en las cercanías del Convento de San Martín de Trevejo

Río de la Vega cerca de San Martín

Río de la Vega  y un zahurdón al fondo

El rollo de Torre de Don Miguel


Siempre me han gustado los rollos (pelourinhos en mi querida lengua portuguesa). Imponen y dan solemnidad y gravedad al sitio donde se sitúan. Su existencia era símbolo de la autonomía jurisdiccional del concejo por lo que las villas que lo tenían gozaban la potestad de juzgar y condenar. Lugar de castigos pero también de encuentro y de toma de decisiones, solía estar en un punto en alto y a las afueras. 
El rollo de Torre de Don Miguel es un buen ejemplo de rollo tardo-gótico, del siglo XV, que estuvo situado en su día en otra ubicación pero una tempestad lo derrumbó en 1922. Desde entonces está emplazado junto a la carretera que une Torre con la EX-205, la espina dorsal que recorre la Sierra de Gata. Está escondido entre árboles, cuando pasas junto a él en coche es fácil no percatarse de su presencia, y eso que no es pequeño, tiene algo más de cinco metros. 
Su actual ubicación me gusta, pero me gustaría más si no estuviera la carretera tan cerca. Esta en una pequeña esplanada cubierta de árboles y junto a un arroyo. En otoño ese pequeño espacio se vuelve mágico y es un gustazo sentarse en su pedestal y dejarse acariciar por el suave sol del mediodía. Solo nos molesta, de cuando en cuando, la escasa circulación de vehículos.








Olivares serragatinos

Olivar cercano a Villasbuenas a finales del otoño

La Sierra de Gata es sus robledales, sus castañares, sus pinos y sus encinas y alcornoques pero, sobre todo, es sus olivares.
El olivo ha constituido tradicionalmente la base de la economía gateña. Ha modelado el paisaje, lo ha humanizado sin agredirlo. En valles o en laderas con bancales, los olivares ocupan hoy un espacio en regresión, bastante menor que antaño, retrocediendo hacia las tierras tierras mejores y más accesibles. El descenso demográfico y el abandono de la agricultura se han aliado para disminuir la presencia del olivar en la Sierra pero no han conseguido que la abandone.

Olivar en primavera cerca de Eljas

Olivares entre pinos y castaños en el valle del arroyo San Blas, junto a Gata

Me gustan los olivos gateños, pequeñitos, peleando por sobrevivir entre los bosques y el matorral; a menudo abandonados a su suerte, son invadidos por la maleza, casi no se distingue en el paisaje.
En otoño, con la recogida de la aceituna paseo entre ellos y disfruto del trasiego humano y el bullicio que por unas semanas los acompaña. Buenas aceitunas y buen aceite da esta tierra.


Olivos y viñas entre Cadalso y Torre de D. Miguel

Olivar cerca de Cadalso

Con su verde apagado pero perpetuo aportan un tono más a la amalgama de verdes serranos: el verde intenso y alegre de castaños o madroños, el también matizado de las encinas, el más oscuro del alcornoque, el variable del roble, más claro en la primavera y más marchito con el calor del verano, finalmente el verde neutro, algo anodino, del pino.
En otoño, cuando el bosque caducifolio se torna amarillento, ocre o rojizo, el olivo mantiene imperturbable su color, que no cambia tampoco en invierno, momento en que el pino y el olivo son los únicos que impiden que el paisaje se vuelva totalmente fantasmagórico. En mayo, con la floración, el olivo se transforma  por un corto periodo y abandona su tono apagado habitual.


Olivos y Robles entre Valverde y Eljas 

Olivos cerca de Torre de D. Miguel

Olivos  en ladera en el Valle del arroyo San Blas, cerca de Gata