Río Árrago


Atardecer veraniego en el Árrago

Remanso en el Árrago

Hay dos ríos principales que recogen toda el agua que cae en la Sierra de Gata: son los ríos Erjas y Árrago.  El Erjas nace en las cercanías del pueblo de Eljas y antes de convertirse en frontera natural entre España y Portugal drena las tierras sierragatinas occidentales ayudado por afluentes como el arroyo de la Vega o la Rivera Trevejana. Muy lejos ya de nuestras montañas, desemboca en el río Tajo allá por tierras del parque natural Tajo Internacional.
Pero nuestro protagonista es el otro gran cauce, el río Árrago, río esencial para el noroeste de Extremadura, ya que su agua se embalsa en el pantano del Borbollón nada más abandonar la Sierra de Gata y con ella se riegan las feraces vegas de Moraleja. Otros cursos menores, como la Rivera de Gata o el río Tralgas desembocan en él y lo fortalecen en su curso medio, ya fuera de las montañas.

El Árrago justo antes de llegar a Robledillo

El Árrago recién nacido muy cerca del Puerto Viejo

Otoño en el río Árrago a la altura de Cadalso

A mí lo que me interesa del Árrago es su curso alto, cuando el río no es más que una rivera de montaña, con un caudal modesto que solo se vuelve respetable cuando las intensas lluvias estacionales lo convierten en poderoso e, incluso, imponente. En esos primeros kilómetros desde que nace en el Puerto Viejo de Robledillo hasta que se une con el Tralgas y sale de las montañas a la vista del pueblo de Santibañez el Alto, el rio ha excavado un precioso valle jalonado por tres pueblos: Robledillo, cerca de su nacimiento, Descargamaría y Cadalso. 
En sus comienzos, el río está apadrinado por el formidable pico Bolla (1519 m.) y se mueve encajonado  hasta que lentamente el valle se va abriendo y el Árrago va recogiendo el agua de sus primeros afluentes. Poco después de la localidad de Descargamaría, el precioso arroyo Garganta Vieja desemboca en él y lo nutre con sus refuerzos. En esa zona el paisaje es también bellisimo, a un lado la Sierra de Las Pilas, a otro el pico Vela (1078 m.) y las montañas hurdanas. Cuando el río llega a Cadalso, el valle se ha abierto, hace poco ha recibido agradecido el aporte de otro afluente respetable, el arroyo Las Pilas, y el río, con fuerzas renovadas, ha ampliado su caudal y avanza tranquilo dejando a su derecha al pueblo de Cadalso, a solo unos cientos de metros. Allí, junto a las piscinas naturales que llenan de bañistas sus aguas en los días calurosos del verano, se disfruta de bonitas vistas de la montaña la Jañona (1367 m.) y la torre de La Almenara a un lado y el pico Los Ángeles (1067 m.) a otro. Desde ahí, el curso del Árrago se encajona y serpentea buscando una salida de la Sierra de Gata, recibiendo primero las aguas del arroyo San Juan y luego uniéndose más tarde al Tralgas y abandonando para siempre las montañas para buscar su destino, el río Alagón, tributario a su vez del Tajo.

Arroyo del Arguijo, tributario del Árrago
Pinares rodeando el valle del Árrago entre Descagamaría y Cadalso

Paisaje invernal con cascada en el Árrago entre Robledillo y Descargamaría

El  Árrago crecido como consecuencia de intensas lluvias invernales

Primavera en el Árrago a la altura de las piscinas naturales de Cadalso

Comienzos de la primavera en el Árrago



Arroyo Garganta Vieja, tributario del Árrago

Estampa otoñal del Árrago próximo a salir de la Sierra de Gata y unirse con el Tralgas

Viejos molinos de la Sierra de Gata

Molino restaurado en el río San Juan, junto a Torre de D. Miguel

Maquinaria de un molino en ruinas en el río San Juan, Torre de D. Miguel

Viejos molinos, la mayoría en ruinas, jalonan los valles de la Sierra de Gata. Junto al curso de los ríos, su decadencia recuerda tiempos mejores para las actividades tradicionales, en los que los molinos tenían un papel principal en sociedades agrícolas.
Eran molinos de agua, que aprovechaban su abundancia en la Sierra para procesar los productos locales, especialmente la aceituna. Aunque los había harineros, la mayoría se dedicaban a la producción de aceite, actividad esencial de unas montañas sierragatinas en las que el olivo tenía, en algunas zonas, categoría de monocultivo.
Algunos se han restaurado (véase primera foto) e incluso se han convertido en museos (Molino del Medio o museo del aceite de Robledillo), pero la mayoría permanece en ruinas, con frecuencia comidos por las zarzas y el matorral y casi inaccesibles, como los molinos de Villasbuenas. 

Canal de abastecimiento de agua en uno de los numerosos molinos de la
localidad de Gata, junto a la rivera del mismo nombre

Vista general de un molino aceitero gateño con sus apartaderos o troncos
y su maquinaria todavía conservada al fondo

Sus vestigios tienen algo especial cuando se visitan. Lo que hoy son escombros, un día acogió un trasiego continuo de gentes que se afanaban en convertir, como en un milagro, el fruto de la naturaleza en sustento para los hombres. Los molinos de la Sierra de Gata son un valioso patrimonio de arqueología industrial que es necesario conservar.

Apartaderos o "troncos" de un molino de aceite gateño
Noria de un viejo molino en el río San Juan, junto a Torre de D. Miguel

Viejo molino en ruinas en el Árrago, junto a Cadalso

Molino en ruinas en la rivera de Acebo, junto a Perales del Puerto

Molino a las afueras de Robledillo de Gata

Serra da Peneda (Portugal)

Serra da Peneda desde Serra Amarela
Serra da Peneda en la localidad de Rouças
Que Portugal es para mí un país especial no es ningún secreto. Me gusta casi todo de él. También sus montañas. No es un país de altas cordilleras, ninguna supera los dos mil metros de altura, pero su mitad norte está surcada por un sinfín de sierras. La Serra da Estrela es la más imponente y casi alcanza la cota de los dos mil, pero también hay otras con alturas respetables que producen la sensación en el que las admira de estar delante de auténticas montañas: la Sierras de Larouco, Caramulo, Marão y, sobre todo, las de Peneda-Gerês, en el extremo norte del país luso.
El conjunto de Peneda-Gerês forma el único parque nacional de Portugal y tiene un gran valor ecológico y paisajístico para un país que ha abusado en  exceso de las repoblaciones con especies de crecimiento rápido (pino y eucalipto) y que tiene en esta zona amplias zonas con vegetación y fauna autóctona que es obligado conservar.

Paisaje cercano a la aldea de Ermida
Paisaje cercano a la aldea de Parada
Paisaje cercano a la aldea de Parada
Cuando visité el parque lo hice en verano y no era mi único objetivo. Pretendía explorar el distrito de Viana do Castelo, el más septentrional de Portugal, con localidades tan mágicas como Caminha o Ponte de Lima y con pequeñas sierras como la de Arga, junto al mar. Por supuesto, uno de mis objetivo era una primera aproximación al parque. Recorrí su parte norte, las sierras Amarela, Peneda y Soajo, para otro momento quedará la zona sur, la Serra de Gerês.

Espigueiros (hórreos) de Soajo
Lo que vi me encantó. Encontré aldeas perdidas como Ermida a las que llegar en coche era toda una odisea, pueblos pintorescos que conservaban buenos ejemplos de arquitectura rural y los famosos espigueiros (hórreos) como Parada, Soajo o Lindoso, comí uno de los balacaos más ricos que recuerdo y admiré paisajes soberbios, como los que rodeaban el pueblo de Rouças o el santuario de Nuestra Señora de Peneda. Recorrí senderos empedrados y disfruté de bellos paisajes salpicados de robles, pinos,acebos y madroños. Una experiencia muy recomendable.

Camino empedrado de la ruta Peneda do encanto
El roble es muy abundante en la Serra Amarela
Serra da Peneda desde Serra Amarela
Bovino autóctono de la zona
Serra da Peneda