paisajes con musgo

Muro cubierto de musgo en el Camino de los Castaños de Hoyos


Musgo en piedras y muros en el Camino de los Castaños
de Hoyos

Me declaro enamorado de los paisajes con musgo. Dotan a la imagen de un ingrediente especial, sobre todo en invierno u otoño, cuando el paisaje desnudo o con predominio de marrones y ocres se ve literalmente reventado por el verde intenso del musgo en troncos, rocas o muros de piedra.
En la Sierra de Gata los otoños e inviernos suelen ser muy húmedos y, si hay suerte, las lluvias se prodigan también hasta bien entrada la primavera. Durante tres cuartas partes del año el musgo es el rey en las zonas más umbrosas, en los lugares recogidos y poco expuestos a los rayos del sol.
Cuando paseo por el monte y llevo mi vieja cámara, no dejo escapar ninguna de esas imágenes en las que el musgo individualiza el paisaje y lo hace único. Muchas de ellas están repartidas por distintas secciones del blog, aquí dejo algunas de ellas.

Musgo en troncos y piedras en primavera junto a San Martín de Trevejo,
en la Sierra de la Cachaza


Paisaje invernal en el Castañar de Ojestos
 de San Martín de Trevejo con muros cubiertos de musgo


Camino de Hoyos a Trevejo en invierno,
con muros cubiertos de musgo


Musgo en las paredes arruinadas de una majada entre
Cadalso y Hernán Pérez


Otoño con piedras cubiertas de musgo
 junto al río de la Vega, en San Martín de Trevejo



Crecidas invernales de los ríos serragatinos

Río San Blas, tributario de la Rivera de Gata

Río San Blas, cerca de su desembocadura en la Rivera de Gata

A veces en la Sierra de Gata no para de llover. Es una zona de altas precipitaciones, generalmente por encima de los ochocientos litros anuales y, con frecuencia, cercanas a los mil. Salvo en verano, cuando solo algunas tormentas riegan las montañas, el resto del año son frecuentes las lluvias persistentes y no es raro que perduren durante semanas de forma ininterrumpida. 
Cuando esas lluvias se agarran a la Sierra en invierno el paisaje me resulta especialmente atractivo. Los bosques desnudos, el frío imperante y la humedad omnipresente crean paisajes muy evocadores. En esos días invernales los ríos experimentan grandes crecidas y se convierten en poderosos señores que recorren las montañas haciendo un ruido atronador. En un fin de semana de enero, aprovechando uno de esos periodos de lluvias continuadas, hice estas fotos. 
Los ríos serragatinos no son grandes, al menos cuando trascurren por la Sierra, hay que esperar a que lleguen al llano y tengan tiempo de recoger más agua de sus tributarios para que alcancen grandes dimensiones. Aún así, cuando hay estas crecidas, se vuelven arrogantes y fuertes y parecen algo más que pequeños ríos de montaña.


Rivera de Gata junto a la piscina del Negrón

Rivera de Acebo cerca de la piscina de Perales

Río Árrago junto a Cadalso

Río Árrago junto a Cadalso

Río de la Vega en las cercanías del Convento de San Martín de Trevejo

Río de la Vega cerca de San Martín

Río de la Vega  y un zahurdón al fondo

El rollo de Torre de Don Miguel


Siempre me han gustado los rollos (pelourinhos en mi querida lengua portuguesa). Imponen y dan solemnidad y gravedad al sitio donde se sitúan. Su existencia era símbolo de la autonomía jurisdiccional del concejo por lo que las villas que lo tenían gozaban la potestad de juzgar y condenar. Lugar de castigos pero también de encuentro y de toma de decisiones, solía estar en un punto en alto y a las afueras. 
El rollo de Torre de Don Miguel es un buen ejemplo de rollo tardo-gótico, del siglo XV, que estuvo situado en su día en otra ubicación pero una tempestad lo derrumbó en 1922. Desde entonces está emplazado junto a la carretera que une Torre con la EX-205, la espina dorsal que recorre la Sierra de Gata. Está escondido entre árboles, cuando pasas junto a él en coche es fácil no percatarse de su presencia, y eso que no es pequeño, tiene algo más de cinco metros. 
Su actual ubicación me gusta, pero me gustaría más si no estuviera la carretera tan cerca. Esta en una pequeña esplanada cubierta de árboles y junto a un arroyo. En otoño ese pequeño espacio se vuelve mágico y es un gustazo sentarse en su pedestal y dejarse acariciar por el suave sol del mediodía. Solo nos molesta, de cuando en cuando, la escasa circulación de vehículos.