Robledillo de Trujillo y la ruta del Cerro Molliquero


Los bosques y dehesas de encinas y alcornoques forman paisajes deslumbrantes que identifican a Extremadura, pero si alguien rebusca en mi blog sabrá que Extremadura es algo más que esas maravillosas estampas. En las montañas más altas del norte y este de Extremadura (La Vera, Ambroz, Valle del Jerte, Sierra de Gata o Villuercas) son abundantes los bosques caducifolios de roble rebollo y castaño. 
Más desconocidos son los robledales y castañares de otras montañas extremeñas. Son sierras más bajas que las anteriormente nombradas, pero que conservan en sus umbrías parajes maravillosos en los que abundan también árboles de hoja caduca: en la Sierra de San Mamede, junto a Portugal; en algunos rincones de Tentudía o en la Sierra de Montánchez, el corazón de Extremadura.
En esta última hay un rincón que merece la pena visitar. Es el bonito entorno de un pequeño pueblo llamado Robledillo de Trujillo. Unos cientos de habitantes habitan una localidad situada en las estribaciones umbrosas de una pequeña sierra cuajada de robles y olivos. Son gentes sencillas y  agradables. Hace unos días mi hermano, mi sobrina y yo visitamos el pueblo con la intención de recorrer la ruta del Cerro Molliquero y comprobamos el buen trato de los  robledillanos.



La ruta del Cerro Molliquero es muy sencilla, sin grandes ascensos ni dificultades y recorre en 12 km un bello paisaje de robles, mezclado con alcornoques y olivos. El sendero es una pista de tierra en buen estado y se recorre en menos de 3 horas. Nosotros íbamos con una niña pequeña, que ralentizó necesariamente la marcha.
Era un día precioso, el sol invernal nos calentaba mientras la niebla se extendía por las partes bajas del valle que se prolonga del pueblo hacia la llanura y donde el robledal deja paso a dehesas de encinas y alcornoques. Parece mentira que en el corazón de Extremadura, en un paraje nada inaccesible ni a elevada altitud, hubiera un bello bosque de robles todavía colorido en este otoño-invierno tan suave.

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