El castillo de Trevejo

Castillo de Trevejo visto a lo lejos y rodeado de un paisaje otoñal

Vista general de las ruinas del castillo

Castillo de Trevejo


A veces las ruinas son bellas. Es el caso del castillo de Trevejo, digno de una estampa romántica; parcialmente derruido conserva  todavía la dignidad de una antigua fortaleza cuya torre del homenaje aún se hace respetar en su entorno. Su actual fábrica, aunque sufrió posteriores transformaciones, es en buena medida tardomedieval, del siglo XV. 
Hoy, forma un conjunto con una sencilla iglesia de campanario exento y rodeada de inquietantes tumbas antropomorfas y un coqueto cementerio de tumbas en tierra. Muy cerca, entre canchos de granito, el maravilloso pueblo de Trevejo, camuflado en el paisaje; si no fuera por la silueta del castillo, muchas veces sería casi imposible distinguirlo desde lejos.
He paseado muchas veces entre las ruinas de la fortaleza, he admirado los escudos, me he sentado en algún mirador que conserva, me he detenido ante los paneles de granito con inscripciones de letra gótica, he mirado a través de sus troneras y luego me he sentado sobre alguna de las muchas piedras hoy esparcidas por su antiguo patio de armas y he dejado pasar el tiempo mientras un paisaje embriagador me embobaba: una amplia llanura ocupada por una bonita dehesa de robles, algunos huertos y prados junto a Villamiel, pequeños viñedos aquí y allá. 

Ruinas del castillo y campanario de la iglesia

El castillo y el pueblo de Trevejo desde las cercanías del embalse de La Atalaya


Siempre me han atraído las peñas de granito. Me crié entre ellas, mis padres son de Malpartida de Cáceres, un precioso pueblo del sur de la provincia, rodeado de parajes llanos salpicados de grandes peñascos graníticos entre los que corría de pequeño. Entonces pensaba que en todo el mundo las peñas eran así, redondeadas y pobladas de líquenes. Por eso, Trevejo y su castillo tienen algo especial, vistos desde lejos en su escarpe granítico y vistos desde cerca, rodeados de esas piedras tan mágicas.

Vista desde Villamiel del castillo de Trevejo a comienzos del otoño

No quisiera que restauraran nunca estas ruinas, sí que las consolidaran frenando su deterioro, pero no que reconstruyeran el castillo convirtiéndolo en una cosa nueva, sin personalidad. Hoy, su vista desde lejos sigue siendo embriagadora. En otoño e invierno, adquiere un aire fantasmagórico, casi irreal, y así debe seguir siendo. Cuando lo rodea la niebla, resulta irresistible. Recuerdo un día extraño de verano, a principios de julio de hace varios años. Era un día muy fresco, había llovido y yo recorría sin rumbo las carreteras siempre tranquilas de la Sierra; iba de San Martín a Gata por la Ex-205 y quedé prendado de la imagen del castillo engullido parcialmente por la niebla, que solo permitía verlo a retazos. No lo dudé, cambié mi rumbo y me dirigí hacia la mole de piedra casi hipnotizado. No descansé hasta que me ví formando parte de ese paisaje, entre viejas piedras, aislado con ellas por una niebla que nos protegía de los curiosos y turistas que  habían decidido dejar tranquilo el castillo por un día. Fue un gran día, no lo olvidaré.

Paisaje invernal con el castillo de Trevejo
Imagen invernal con el río Lagares en primera instancia y el castillo al fondo

Castillo de Trevejo visto en otoño desde el camino hacia Hoyos


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